La luz no solo sirve para iluminar, sino para construir la percepción de lo que vemos.
A igual intensidad, un cambio en el espectro puede transformar radicalmente el aspecto de un material o el carácter de un espacio: la madera que vibra bajo una luz cálida se vuelve neutra, casi apagada, cuando la iluminación es fría.
Es la diferencia entre cantidad y calidad de la luz, entre iluminar y revelar.
La calidad cromática depende de la composición espectral y de la temperatura de color de la fuente.
Si el espectro es completo, como en la luz natural, los colores aparecen nítidos y coherentes; si faltan ciertas longitudes de onda o predominan algunos tonos, la percepción se altera.
Para el ojo humano, este equilibrio no es solo estético: influye directamente en el confort visual, en la capacidad para distinguir contrastes y, a largo plazo, en la sensación de bienestar ambiental.
Por eso, el diseño lumínico contemporáneo no se limita a controlar cuánta luz ofrecer, sino qué tipo de luz recrear.
Comprender cómo el color influye en la percepción también es esencial al desarrollar nuevos materiales, porque la fidelidad cromática revela la calidad real de la superficie más que cualquier valor numérico.
En nuestros simuladores —en particular en el Lobelia 8 Canales— llevamos esta investigación a un entorno controlado.
El sistema se basa en ocho fuentes LED independientes, cada una dedicada a una banda diferente del espectro visible.
Modulando su intensidad, es posible recrear tonos cálidos o fríos, espectros continuos o selectivos, luces difusas o directas.
En la práctica, es una paleta luminosa capaz de imitar las variaciones del día — desde el amanecer hasta el atardecer — y mostrar cómo cambian los colores percibidos de los materiales bajo cada condición.
Cada experimento genera un conjunto de datos: variaciones cromáticas, fidelidad espectral, luminancia y contraste.
Son informaciones que muestran, en números e imágenes, cómo la luz real actúa sobre las superficies.
Observar estos comportamientos significa medir la percepción antes de que se convierta en proyecto, y traducir el confort visual en parámetros verificables.
Pero la parte más interesante ocurre “entre líneas”: los datos recopilados en el laboratorio también alimentan nuestros modelos de simulación.
Conocer la respuesta real de los materiales a distintos espectros permite incorporar en las plataformas de cálculo y en los programas de daylighting valores más precisos, capaces de representar no solo la cantidad sino también la calidad perceptiva de la luz.
De este modo, la experimentación física y la virtual se complementan: la primera mide, la segunda prefigura.
Un círculo virtuoso que hace que las simulaciones de la luz solar sean cada vez más realistas y útiles para el diseño arquitectónico.
El objetivo no es limitarse a los parámetros luminotécnicos, sino acercarse a lo que realmente percibimos.
Estudiar el color de la luz, reproducirlo y luego incorporarlo en los modelos digitales significa diseñar la calidad de la experiencia visual: espacios más legibles, menos cansados y más coherentes con la luz natural.
En definitiva, comprender la luz es comprender la forma en la que vemos.
Y si la simulación nos ayuda a prever, la experimentación nos enseña a ver.
Al unir ambas dimensiones — la realidad medida y la virtual — podemos crear entornos donde la belleza del color y el bienestar visual realmente coinciden.
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Orientamento solare delle stanze: come la luce naturale cambia la percezione delle tinte, studio di Silvia Orlandi
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